Al atardecer desde el monte de los tres pinos, sobre un horizonte rojo - anaranjado, recortando el perfil urbano de una metrópoli ruidosa, distingo el vago eco del adiós que se pierde como un perfume en la vorágine apestosa. ¡Coge el último tren!. Existe un vagón, allá lejos, en el que el anonimato es un privilegio. Allí moran las sombras fantasmales, allí se representan los monólogos uterinos, uno que dice "no lo tengo todo porque no quiero tenerlo". El bastardo expulsado del paraíso busca desesperadamente en el recuerdo su perdón, y la reconvención es doblemente dolorosa, primero porque con ella renuncia a los principios del partido y, segundo, porque, renunciando a esos principios, vuelve a la miseria anterior al naufragio. Y naufraga, como un gilipollas más, naufraga, aún sabiendo que se van a pique sus ideales.

¿Te has vendido alguna vez, chico? - pregunta la sombra. No creo - dice el apóstol, o acaso sí, quizá al morir, cuando el cañón humeante congelaba mi respiración. Entonces tal vez sí. ¿Te has vendido alguna vez, lector?.